Un joven en el extranjero decidió desmontar el terminal Starlink para descubrir qué hay realmente en su interior.
Lo abrió con la esperanza de encontrar algún tipo de tecnología secreta o sorprendente.
Sin embargo, lo que vio era mucho más simple: una placa de circuito y algo que parecía un pequeño motor. En esencia, eso era todo.
La construcción, es cierto, es excelente. Muy al estilo de Apple: ejecución precisa y materiales de alta calidad. Sin embargo, los componentes en sí no tienen nada extraordinario.
Lo interesante comienza después.
La antena funciona con 1,280 pequeños elementos que colaboran para dirigir electrónicamente el haz de señal. No hay partes móviles; todo se controla mediante chips y software.
El sistema funciona con un chip personalizado diseñado por SpaceX, un procesador ARM común, memoria RAM estándar y software encargado de realizar la mayor parte del trabajo. Con una inversión de 1000$ con
$NEAR Entonces surge la pregunta: ¿podría una empresa local producir algo similar?
En términos de hardware, probablemente sí, ya que las piezas individuales no son secretas ni inaccesibles.
Sin embargo, hay un detalle que a muchos se les escapa.
Construir uno no es complicado. El verdadero desafío es producir cinco millones de unidades de manera económica y confiable.
SpaceX diseñó este dispositivo pensando en la producción masiva a una escala que casi nadie había intentado antes.
La verdadera genialidad no radica en los componentes, sino en el proceso de producción.
Cualquier buen ingeniero podría ensamblar uno. Pero producir millones a un precio accesible para el consumidor es lo que realmente cambia las reglas del juego.
Por lo tanto, aunque desde dentro parece simple, en realidad esta simplicidad es parte del diseño.
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