Durante cuatro años, Carolina y Andrés ahorraron todo lo que pudieron.
No hubo vacaciones, no hubo cenas caras. Guardaron hasta el último peso porque soñaban con abrir su propio restaurante en CDMX.
Con 480,000 pesos de ahorros, un préstamo familiar de 120,000 y un crédito bancario de 350,000, lograron reunir casi un millón de pesos.
Era su gran apuesta.
Al inicio todo fue ilusión: remodelaron el local, contrataron dos meseros, invirtieron en publicidad en redes. Pero pronto llegó la realidad:
La renta mensual de 28,000 pesos se comía la mitad de las ganancias.
Los insumos subían cada semana.
Los clientes iban menos de lo esperado.
A los seis meses ya debían tres meses de renta y la tarjeta de crédito estaba al tope.
Las discusiones comenzaron:
—“¡Te dije que no pidiéramos tanto préstamo!” gritaba Carolina.
—“¡Si no arriesgas, nunca ganas!” respondía Andrés.
Un año después, cerraron el restaurante. Y no solo perdieron dinero… también se perdieron entre ellos.
El divorcio llegó con la misma rapidez que la quiebra.
Porque cuando el dinero se acaba, el amor ya no suena tan romántico.
Moraleja: No basta con soñar. Antes de invertir en pareja, asegúrense de:
Tener un fondo de emergencia.
No apostar todo el patrimonio.
Separar las finanzas personales de las del negocio.
Hablar de riesgos como hablan de amor.
Un negocio mal planeado puede quebrar las cuentas… y también la relación.”
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