La mayoría de los sistemas tratan la verificación como una memoria. Pasa la verificación una vez, obtén el sello y sigue adelante. Ahí es donde las cosas se rompen en silencio. Los roles cambian, los contextos se desplazan y, sin embargo, las viejas aprobaciones siguen avanzando como si nada hubiera sucedido. "Verificado" se convierte en histórico, no en fáctico.
El crepúsculo no funciona de esa manera. La verificación no es algo que llevas contigo — es algo que el sistema exige en el momento exacto en que el estado intenta cambiar. Cada transición hace la misma pregunta en tiempo real: ¿satisface esta credencial aún la regla en este momento? Si no, nada se mueve. Sin confianza heredada. Sin permisos sobrantes.
Esa rigurosidad no es filosófica. Es práctica. Porque la limpieza retroactiva — revertir malas transferencias, deshacer fracasos de cumplimiento — siempre es más costosa que detener el error en el borde. El crepúsculo elige la aplicación sobre el perdón, y para los sistemas institucionales, esa es la única configuración sensata.

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