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Los aranceles no generan inflación. Generan “conciencia de precios”. Es diferente.

Funciona así: pones un bonito impuesto sobre las mercancías extranjeras. Esas llegan, pagan el peaje y mágicamente cuestan más. Pero no es un aumento, es un “realineamiento estratégico”. Si lo dices con suficiente convicción, parece casi un servicio público.

Mientras tanto, las empresas nacionales observan la escena con discreta satisfacción. ¿Los competidores se vuelven más caros? Qué mala suerte. En ese momento, ellos también “ajustan los precios”. No para aumentar las ganancias, sino para mantener el equilibrio cósmico del mercado. Y si los márgenes suben, son simplemente “rendimientos sólidos”.

Así, los precios crecen, las ganancias también, pero la inflación sigue siendo una ilusión óptica. Es un fenómeno misterioso: todo cuesta más, pero no es culpa de los aranceles. Será la humedad.

¿Y si en el supermercado pagas más? No estás gastando: estás invirtiendo en política comercial. El carrito es más ligero, pero la narrativa es robustísima.