Cuando escuché ese comentario sobre que había “muchos argumentos” para un ataque a Irán, no se sentía como una charla política normal. Se sentía tenso. El tipo de oración que te hace detenerte por un segundo y volver a leerla.

Incluso si por ahora son solo palabras, un lenguaje así indica cuán grave debe ser la situación detrás de puertas cerradas. Estos no son problemas pequeños. Cuando la acción militar incluso entra en la conversación, te recuerda cuán altos son los riesgos. Las decisiones a ese nivel no se quedan dentro de las salas de informes. Afectan economías, mercados y, lo más importante, la vida de las personas.

Escuchar algo así hace que el mundo se sienta un poco más incierto, incluso si nada cambia inmediatamente.

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